En las tierras del oeste, donde me encuentro, es costumbre que te despierten con cánticos regionales bajo tu ventana. Hacia el sur, el bosque oculta los restos de las refriegas de anoche. Es una mañana fresca, la casa se ve despierta. Sus inquilinos entran y salen por las puertas automaticas del porche afanados en sus tareas, y el dueño me come la oreja con los problemas de la casa y la falta de dinero mientras desayuno un par de churros rehidratados con un café muy espeso.